CUATRO EUROS
Nos descalzamos y entramos en la chabola. Ella está separando alubias de los posibles restos de piedras y otros hierbajos. Le quedan dos semanas para dar a luz. Le queda el tiempo que el bebé decida. Cualquier tiempo será poco, a ella le gustaría que no pasara, no puede permitirse que pase. Tiene un ojo morado por una picadura y el otro con ojeras. Apenas se diferencian. Su prima, madre adolescente, está tumbada en la cama dormitando con su bebé. Todo está en una misma estancia. Sofá, litera, bombona de gas para cocinar, baldes para la colada, y una sorprendente y enorme televisión que preside, insultantemente, la habitación.
Hemos ido a visitarlas. Ellas están en el grupo de madres jóvenes y adolescentes que desarrollamos en Kibera. Las vamos a visitar regularmente para tener tiempo tranquilas para charlar, saber mejor qué necesitan y que sientan, si es posible, nuestro apoyo.
Ella está asustada, nos cuenta muy bajito su situación, mira con temor a su prima porque no se puede quejar. Su tía la ha acogido en la chabola durante su embarazo y aunque casi no puede dormir por la falta de espacio y de un colchón adecuado que comparte con prima y bebé, no se puede quejar. En realidad no se queja, sólo cuenta su situación. Ni se queja, ni llora, ni apenas nos mira, sólo limpia alubias de forma lenta y automática.
Nos cuenta que no sabe qué tal está su bebé ni donde dará a luz porque no tiene dinero para ir al hospital. La cochambrosa salud pública ha subido todas sus tasas, en la línea de la subida generalizada de impuestos que el gobierno de Kenia está imponiendo, con descaro, sin escrúpulos y de forma deshumanizada.
La preguntamos cuánto le costaría ir a dar a luz y poder quedarse unos días en el hospital y recibir los primeros cuidados. Nos dice que 4 euros al mes. Una fortuna inalcanzable cuando no se tiene nada. Le preocupa lo que pasará después de dar a luz, sea donde sea. Porque aunque no lo quiera, sucederá. Le angustia qué hará su tía, porque ha perdido su trabajo, el que le permitió comprar la descarada tele y la nevera que hace meses sólo roba espacio. A veces es un alivio que no nos mire, de qué le servirían nuestras caras de pena, de compasión y de indefesión. De qué nos sirven a nosotras.
Antes de irnos, les pregunto estúpidamente qué van a comer. Nada. Desde hace meses sólo hacen una comida al día. Cenarán alubias.
Salimos de la chabola en silencio, así caminamos un tiempo entre otras muchas chabolas. Hoy el día nos ha pasado por encima. Hay días que, simplemente, no se puede. Era nuestra cuarta visita y las tres anteriores no han sido más alegres. Tampoco más tristes. Han sido. Porque aquí, la realidad es. Y cualquier adjetivo sobra.
Si has leído hasta aquí y algo te ha conmovido no dejes que te atrape la desesperanza ni la pena. Haz algo, algo para disfrutar de tu privilegio, algo para protestar, enfádate, haz algo para ayudar, comparte este artículo y lo que sientes, lo que sea, tú escoges, pero haz algo. Salgamos todas del colapso. No, el mundo no va a cambiar, va a peor, ya, pero la vida de una persona cercana a ti puede cambiar con un sólo gesto, el que decidas conscientemente hacer. Algo en el inmenSo vacío de la nada es un infinito de posibilidades.