Cuando una bala no cambia nada (o casi)
Sentarme en La Casita, centro cultural de Arima en Trinidad, cada día del mes de abril, fue contactar con el trauma y la injusticia diarias, y con un aire acondicionado insano que me mantenía inquieta y protestona. A nada de ello me podré acostumbrar. La Casita es un centro cultural pero también es una organización que trabaja para la prevención y protección de supervivientes de violencia de género y trata de personas. Pero no lo pueden decir muy alto, se juegan la vida.
Y allí sentada, de charleta o esperando a lo que tocara ese día, observaba a niños y niñas llegados con sus familias desde Venezuela. Ruidosos y alegres, en esa escuela creada para ellos, porque son ilegales (según dice una ley), sin derecho a la educación del país. Y allí sentada, aún, llegaba una mujer migrada, sin dinero para comida, o para la renta de ese mes, otra a la que había que llevar a un refugio, una llamada rápida a la policía, un mensaje que pone en alerta al equipo, una visita a una casa para asegurarse de que otra mujer está bien, noticias de una pelea que termina en comisaría, un asalto, una paliza, un robo. Poco tiempo de descanso. Y al salir de allí, un entorno hostil, calles repletas de mercancía sacada a la calle, bares con música imposible con los altavoces dirigidos hacia el exterior. Un lugar donde ser mujer es ser un objeto andante al que saludan de forma vulgar, lanzan besos, miran de arriba abajo, delantera, trasero, como si eligieran un coche que comprar. No recuerdo haber hecho tantas “peinetas” en ningún otro lugar. Algunas se quedaron en el impulso, podrían ser demasiado arriesgadas.
La mujer latina, el trofeo deseado
Y me cuentan mis compañeras que si eres latina, caribeña, eres un trofeo a conquistar. En el imaginario colectivo las mujeres latinas son “fogosas” y los trinitarios quieren vivir y presumir de su trofeo, su película porno personal, y les da igual cómo. Comprándolas en un prostíbulo o prometiéndolas papeles, estabilidad económica y familiar. Nada de eso llega, sino todo lo contrario, abuso, maltrato, drogas, indefensión. Y el odio de las mujeres trinitarias que las viven como competencia. Un horror.
Y en La Casita me encuentro con un equipo de trabajadoras, la mayoría venezolanas, que se sienten familia y parte de un movimiento que ya no quieren parar. Algunas con sus papeles de ciudadanas pero sin todos los derechos, algunas como refugiadas, con menos derechos aún. Pero todas ellas en modo lucha-activado buscando proteger a otras mujeres migradas, tratadas y maltratadas, que viven en condiciones de total desamparo en riesgo de ser víctima, por siempre, de tantos.
Todas me cuidan, me llevan de excursión, me preparan comidas ricas, me alertan para que no camine sola muy lejos, me hacen la compra para mi casa, un refugio de mujeres, y se dan permiso para llorar algún ratico. Y sobre todo me enseñan, me sonríen, me abrazan, me dicen belleza y me agradecen. Trabajamos mucho juntas, formaciones, grupos de apoyo de supervivientes, alguna sesión individual, talleres de autocuidados… Yo también les agradezco, infinito y más allá. Hemos aprendido juntas y nos hemos disfrutado durante un mes, un tiempo de cuidados mutuos que a todas ya se nos ha quedado en el cuerpito para siempre.
Andreina Briceño, referente
Y liderando ese equipo, Andreina Briceño, venezolana, orgullosa de su tierra Maracaibo, ella es “maracucha”, pocas bromas. Periodista de profesión, activista en cuerpo y alma. Casi 20 años viviendo en Trinidad, siendo cada día más reconocida por su lucha y tenacidad, por su sentido de la justicia social. Poco se le pone por delante, no se planteó apearse de la lucha ni siquiera después de que entraran en su propia casa para intentar matarla cuando defendía a varias mujeres tratadas. Ahora le queda la cicatriz de la bala, entrada y salida, que luce sin darse importancia pero orgullosa porque le recuerda que hay que seguir. Eso sí, siempre en alerta. Con cientos de mensajes de whassap sin abrir y una alarma que suena puntual, cinco para las 3, con la esperanza de poder parar un poco a honrar a su Dios protector al que da gracias constantemente.
Ella será siempre una referente de generosidad, compasión, aplomo, lucha y resistencia. Me fui de la isla sin escucharla cantar Pradang, se le había quebrado la voz, a veces no se puede. Y me fui sin visitar el paraíso, Tobago, y acompañarlas en un fin de semana de descanso y cuidados. Los cortes en las ayudas a la cooperación ponen en riesgo todos sus proyectos, sus sueldos, y también nuestra colaboración. Pero buscaremos la manera de volver a encontrarnos y trabajar de nuevo juntas. Porque la esperanza no es cruzar los dedos y esperar, la esperanza es remangarse y ponerse a ello. Hubiera querido que la frase con sus gestos fueran mías pero no, están en el documental Hope en rtve https://www.rtve.es/play/videos/hope-estamos-a-tiempo/, ojalá un día alguien grabe uno así para la humanidad.
Si quieres saber más nos puedes seguir en Instagram, en el perfil de amare_coopera o recibir nuestro boletín si nos escribes a hola@amarecoopera.org